
El periodista nunca debe ser la noticia, salvo cuando no queda más remedio; nos decían incansablemente en la Facultad de Periodismo. Esto es lo que me ha pasado a mí, Srta. Lee me ha puesto deberes como cuando íbamos a colegio y nos mandaban las tareas para casa. Pero esto es más complicado que la tabla de multiplicar. Dos por uno es dos, dos por dos es cuatro...
La cosa es que anoche, cuando leí el encargo, volvía de un viaje de fin de semana y no tenía la cabeza para introspecciones ni siquiera para ir desde élla a mis asuntos. O sea encefalograma plano. Llevo 30 años muy malos, ejem ejem.
El viaje que hice se trata de una partida de cartas que hacemos una vez al año el grupo de amigos que somos. Nos juntamos en un hotel de un pueblo de Segovia (Turégano) y después de una buena comida nos liamos con la baraja de cartas hasta altas horas de la madrugada. Por supuesto los billetes corren de mano en mano y la pareja de cada uno -si la tiene- no quiere ni oír del pueblo ése cuando van a llegar estas fechas ni de este viajecito de amigotes. Éllas no van. Ni quieren ir, por supuesto.
Así de simple es la cuestión, pero con las tonteras de cada uno, las copas, el corderito asado y el juego de las Siete y media nos lo pasamos genial. A los que no lo saben, las Siete y media es parecido al Black Jack de los casinos pero a la española y más simple. Casi como un jueguecito de niños.
Por cierto, este año perdí. Los jugadores nunca dicen cuánto, así que guardaré el más absoluto de mis silencios. Por culpa de LEE ya voy a contar otras cosas de mi intimidad más oculta.
Bueno, cojamos al toro por los cuernos y empecemos:
-Adoro comer fuera de casa con amigos, una buena sobremesa con copas, café y puros habanos. Por supuesto sin mirar el reloj. Me gusta comer casi de todo si es con compañía. Sólo odio las comidas de trabajo, en las que tienes que ir de corbata y no puedes contar ni que te cuenten chistes. Aunque ya me he comprado el jersey de Evo para las comidas de trabajo de este invierno.
-Tengo complejo de saber arreglar todos los aparatos electrónicos que no funcionan. Cuando se estropean me pongo muy serio, cien mil herramientas sobre la mesa-empiezan las risas a mi espalda-, de todo tipo, y abro los aparatos. Luego no sé ni atornillarles la tapa. Pero no quiero reconocer que mis conocimientos sobre la cosa se limitan a On y a Off. Tengo ya aburrida a toda mi familia con mis arreglos. Déjamelo y te lo arreglo en un pis pas; ya ya, no lo vuelven a ver funcionando. Ya no creen en mí. Ellos se lo pierden, me digo.
-Me cargan los profesionales del calendario. Son esas personas que van calendario en mano por la oficina diciendo "si me voy de vacaciones el viernes tal, vuelvo el lunes cual y gano dos días más por el fin de semana y entre medias está San Apapurcio Bendito y su prima que es festivo y gano un día más". Patético. Cuando hay trabajo hay trabajo y cuando no, pues piensas en las vacaciones y en la fiesta.
-Nunca dejo los zapatos en el armario desparejados. Es decir, siempre por parejas, el izquierdo a la izquierda y el derecho a la derecha. Es una manía que me contagió una chica norteamericana que vivió unos años en España cuando estudiábamos. Decía que da mala suerte, yo no soy supersticioso. Pero por si acaso se ha convertido en un hábito en mí.
-Rezo todas las noches. Sí ya sé que es lo más normal del mundo, pero la gente de mi generación y mi entorno no lo hace. Vivimos en una sociedad prepotente y que se cree autosuficiente. Yo no soy así, me gusta dar gracias por lo que soy, por quien soy, por lo que tengo y por lo que seré; sé que todo eso podría irse de golpe si no es con la ayuda de Dios.
Bueno, Elizabeth, cumplí con tu encargo. Soy muy celoso de mi intimidad, así que he sudado sangre en el papel al escribir esto públicamente. Por eso entenderás que no meta en la "meme" ésta -como tú dices- a cinco más. Sólo a Laura, me gusta mucho su blog y su vida. Perdonadme las dos, por una cosa y por la otra. O sea.