El Abierto de Australia.

Estaba viendo en la tele la final de tenis del Abierto de Australia disputada entre la francesa Amelié Mauresmo y la belga Justine Henin-Hardenne. La cosa ha acabado rápido y mal. Mal para la belga y rápido para todos. Lo bueno es que como el tiempo que iba a dedicar a ver el tenis ha sido poco, lo he podido dedicar a escribir la pseudocrónica en mi post.
La verdad es que la francesa ha estado mucho mejor, mientras que a Justine, todos lo sabíamos, algo le estaba pasando. Cuando Mauresmo ganaba en la segunda manga por 2-0 (0-30), tras imponerse en el primer set por 6-1, la ex número 1 del mundo Henin se acercó al juez de silla para anunciar su retirada.
El motivo de su abandono eran unas molestias estomacales. Todos las hemos tenido, lo siento por ella, por su entrenador, por sus seguidores y por tantos meses de entrenamiento y esfuerzo mal acabados así.
La reflexión que ahora me hago es cómo una cosa tan simple y tan humana como un dolor de estómago puede llegar a ser tan trascendental. Además de su categoría en el ranking mundial, ha perdido muchos miles de dólares. Y todo por culpa de sentir un poco revuelto su estómago. Un insignificante bichito, que tras una vaso de agua frío o un de un simple helado, coloniza nuestro cuerpo y nos hace sentirnos fatal.
Bueno, eso demuestra que todos somos humanos y que salvo Arnold, ninguno de los que pisamos la tierra somos superhombres. Ni siquiera los que mandan invadir Irak y no son capaces de salir de allí para que no haya más muertes de soldados americanos.
Ahora dime tú, ¿cuándo has tenido que dejar de hacer algo porque tu cuerpo dijo basta?













Es curioso cómo en Europa llevamos unos días más preocupados por la muerte de un ave en Grecia o dos en Turquía, que por los 3 millones de personas que mueren al año victimas del Sida o los 500.000 niños que fallecen anualmente en África víctimas del VIH.



